jueves, 19 de febrero de 2009

Los efectos de la crisis

(Conversación con mi jefe, a la hora del almuerzo)

-No si sabrás que este estudio está al borde de la bancarrota.

-Sí

-¿Sí? ¿Quién te lo ha dicho?

-Me he dado cuenta.

-Una lección dura que hay que aprender para convertirse en arquitecto.

P.D.: Cuanto la plantilla del estudio se ha reducido a la mitad, y de esa mitad la mitad son estudiantes, un polaco que sale gratis y un servidor, y solo se trabaja en concursos (que perdemos sistematicamente) y en la casa del jefe, lo raro es que no nos hayamos ido a pique antes. Y para darse cuenta de eso no hace falta ser Hegel.

Disclaimer

Llevo una temporada en la que parece que todo se rompe a mi alrededor. Se ha roto mi interés por la arquitectura, se ha roto mi interés por esta ciudad (no se ha roto mi interés por la cocina). Y un buen día llega la noticia que destroza del todo. No quiero convertir una pena privada en un luto público; los que están al corriente saben de lo que hablo, y los que no ya tienen información de sobra. En todo caso se hace raro intentar mantener el tono levemente frívolo de este rinconcito cuando una de las personas que más aprecio ha tenido una perdida tan grande que todas las palabras no valen para nada, que ni siquiera mi torpe prosa puede servir de consuelo.

Y ahora, prosigamos.

domingo, 8 de febrero de 2009

Tres

El Museo de Arte de Stuttgart (ojo, no confundir con la Staatsgalerie, más conocida como la cosa de Stirling) presume de poseer la colección más completa de Otto Dix en el mundo. Dada la pasión de Dix por entroncar con una cierta tradición de la pintura alemana, algunas de sus obras más representativas adoptan estructuras propias del arte medieval, como los trípticos. Y precisamente de eso, tomando como excusa el maravilloso La Gran Ciudad, va la exposición temporal que tienen programada hasta junio.



A pesar de lo abusivo del precio de la entrada (10 leurillos), la selección de obras es impecable, incluyendo un sorprendente Balla, de su etapa pre-futurista,




Los bocetos del triptico La Guerra, de Dix (pero no el cuadro, que se quedó en Dresde), un par de Max Beckmann, incluyendo el desconcertante Beginning




un Yves Klein, un par de Tapies, un Kokoschka, incluso una gilipollez del infladísimo Damien Hirst (aquí intentando copiar a Beuys). Pero lo mejor de la muestra estaba en el sótano del museo, integrado entre la colección permanente. Un cartel a la entrada advertía de que la obra podría herir sensibilidades y que no se aconsejaba la entrada a menores de 12 años. Lo que podía resultar tan impactante no era otra cosa que el Tríptico de Nantes de Bill Viola, un larguísimo video de casi media hora (yo lo cogí empezado) que documenta en los paneles laterales un parto y una agonía (reales) y en el central una figura flotando sumergida en agua. Fui la única persona que aguanto hasta el final, presenciando esos dos momentos decisivos a la vez (la verdad es que poca atención presté al panel central), observando las simetrías y los parecidos entre las dos escenas, hasta que al final la mirada del bebe y la no mirada de la agonizante (la propia madre de Viola) cierran el círculo.



Y creo que pocas veces me ha impactado más una obra de arte.

jueves, 5 de febrero de 2009

Grava

Una de las cosas buenas de trasnochar: anoche, mientras bajaba las persianas, tuve ocasión de ver la máquina que repone la grava en las vías del U-Bahn (lástima de patética calidad de la foto)

lunes, 2 de febrero de 2009

En estéreo dolby surraund

Tenemos chico nuevo en el piso. Bueno, en realidad tenemos a dos, porque este viene con la novia incorporada. Y aquí los tenemos haciendo vida de pareja. Demasiada vida de pareja, diría yo...

El viernes pasado estaba con mi otro compañero de piso de tertulia en su cuarto. De repente, al otro lado del tábique percibimos lo que siendo objetivos podría definirse como una serie de chirridos seguida de unos gemidos femeninos entecortados. Después de mirarnos un tanto desconcertados, y tras ahogar una carcajada, nos batimos en retirada hacia el balcón; mi compañero a fumarse un cigarro y yo a pasar frío.

-Hay que ver. Esto parece el 68.
-Ya, pero olvidas que ni esto es una comuna, ni tenemos la posibilidad de tirarle piedras a la policía como actividad alternativa.

¿Y cómo acabo la noche de pasión? Pues mientras nos decidíamos a salir a tomar unas (cuantas) cervezas, el televisor sonaba alto detrá de su puerta. Ya no hay romaticismo... (ni siquiera en la tierra de los románticos).

martes, 23 de diciembre de 2008

Mercado navideño

Tengo un compañero japonés en el curso de idiomas. Un ingeniero cuarentón, vestido imepcablemente, y con un cerrado y característico acento. Un día, en la pausa del café, nos comentó que unos amigos suyos viajaban a Alemania para visitar los mercados de Navidad, en concreto los de Stuttgart, Munich y Nuremberg. El de Nuremberg es el famoso, aunque los suabos no dejan de estar orgullosos de su mercadillo navideño.

Pasear por él sirve para comparar tradiciones navideñas con España. Por ejemplo la abundancia de puestos de comida, en la mayoría de los cuales sirven glühwein. Este brebaje no deja de ser una especie de sangría caliente, que por eso mismo se sube a la cabeza con bastante facilidad. Y que a un servidor no deja de parecerle algo repugnante (y me he tomado unos cuantos, el último esta tarde en la oficina).

La decoración de los puestos en ocasiones sobrepasa lo extravagante. Y es que los alemanes inventaron la estética en el siglo XVIII, pero parece ser que desde entonces se han olvidado.Aquí Hansel mira sorprendido al Papá Noel que acaba de aparecer en medio del bosque.

Y aquí Papá Noel en pleno esplendor sobre la hierba (?) con un par de enanitos de jardín, las sábanas de la abuela y un par de trastos de la cocina.

Aquí un servidor, aquí una Nancy tamaño familiar...

Lo más sorprendente es comprobar como hasta tierras tan nórdicas y protestantes ha llegado la tradición del Belén (aquí conocido como Krippe). Y aunque no llegan a la complejidad y barroquismo de algunos españoles, se podían ver unos cuantos en el mercadillo.


Este en concreto presidía un puesto delante de la iglesia mayor de la ciudad.

Incluso el Ayuntamiento instala un Belén viviente, con una mula y un par de cabras (no, no recuerdo un buey).
El mercado acaba hoy. En todo caso, hoy también acaban mis navidades suabas. Mañana a estas horas estaré en Madrid. Nada como el hogar...

domingo, 21 de diciembre de 2008

El acordeonista de la Königstrasse


El acordeonista de la Königstrasse toca Piazzola. Se desgañita intentando hacer su propia versión de Libertango. Cuando llegué a Stuttgart perpetraba una versión infame de Adiós Nonino. El primer día me hizo ilusión, una melodía tan familiar en un entorno hostil. La segunda vez me detuve a escuchar, y comprobé el destrozo con mis propios oídos. Voluntad no le faltaba, y alabo el riesgo de atreverse con una pieza tan dificil. Luego cambió el repertorio. O puede que fuese otro acordeonista, el que en la misma Königstrasse interpreta, con más éxito, la Quinta de Beethoven o algo de Vivaldi. A fin de cuentas un acordeón no es un instrumento exótico en estas tierras, no es como el cajón rumbero que tocaba un trio allá por otoño, o como el inefable conjunto folclórico andino.

El acordeonista de la Königstrasse toca Piazzola...