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domingo, 22 de febrero de 2009

Cronicas parisinas (II): Aeropuertos

Recuerdo un reportaje en el dominical de El País, allá por 1997, sobre los nuevos aeropuertos. Con la profundidad propia del medio, mostraba fotografías de algunos nuevos aeropuertos: Stansted, Bilbao (ejem). Recuerdo una fotografía del aeropuerto de Stuttgart. Recuerdo haber quedado impresionado por una fotografía del aeropuerto de Stuttgart. Y reconozco que ahora veo que lo que hace diez años me impresionaba ahora me parece una ridícula exhibición vigoréxica de estructura, un gasto absurdo de acero. Máxime cuando el aeropuerto es pequeño.

Recuerdo también como en el primer viaje tenía la intención de escribir un breve texto sobre el aeropuerto de Stuttgart y sobre el de Copenhague, pero eso era septiembre. Hoy es febrero, y afuera sigue nevando, aunque la señora de edad indefinible (el maquillaje es lo que tiene) y sandalias de tacón parece no haberse enterado; el avión sí, y mientras embarcamos se puede oir como rascan el hielo de las alas. No es el sonido más reconfortante para despegar en medio de una tormenta de nieve. De hecho el avión despega con media hora de retraso. Para entonces ya he terminado el crucigrama de El País, me he terminado el periódico y he conseguido dormir lo que me ha dejado el niño del asiento de al lado. Tras dos horas de aguantarlo y pensar en Herodes, hemos llegado al Charles de Gaulle.

Si el aeropuerto de Stuttgart es pequeño, casi coqueto, el Charles de Gaulle es monstruoso, caótico, desmesurado. Me hubiera gustado aterrizar en Orly, si quiera por ver si son reales esas estrafalarias escaleras mecánicas que se veían el El Amigo Americano. Pero en el Charles de Gaulle no hay nada atractivo, sólo la habitual impersonalidad de los aerpopuertos, las mismas tiendas, aunque la mercancía sea distinta. Tras media hora de vagar entre los vestíbulos, alcanzo el metro. Tras otra media hora de pelearme con la máquina de los billetes me subo al tren. Tras media hora de viaje alcanzo la Gare de l'Est.

Cronicas parisinas (I)

(Con una semana de retraso empezamos, pero este blog es así, y además ha sido una semana bastante mala, para que engañarnos).

Hacía tan buen tiempo al otro lado del Rin... Habré repetido estas palabras un par de veces en la última semana. Porque estamos soportando un largo invierno alemán, con sus cielos de plomo y sus restos de nieve en la acera. Algún día sale el Sol, pero por poco tiempo, lo justo para engañar a los extranjeros con la promesa de un tiempo mejor.

La madrugada que partí hacia París nevaba. Siempre he preferido la nieve a la lluvia para pasear. La lluvia es agresiva, golpea, cala, forma una cortina incómoda de atravesar. La nieve es más gentil; cae casi sin darse importancia, apenas se detiene unos segundos sobre la tela del abrigo antes de desaparecer sin dejar rastro, o simplemente se acumula sobre la ropa. En todo caso era una nevada fuerte, como unos velos de encaje cayendo sobre la ciudad, dejando una fina capa de 5, 10, 15 centímetros...

Bajo la nieve esperé al primer tren del día, casi vacio. Bajo la nieve, 20 minutos más tarde, esperé al siguiente en Vahiningen. Todos los que ibamos al aeropuerto habíamos tomado la misma ruta. Así que en el segundo tren se mezclaban los que volvían con los que se iban. En uno de los asientos un grupo de adolescentes alborotadas alborotaban al resto del vagón. Un hombre, apariencia de hippie trasnochado, las miraba con aire de desprecio. Las chicas se levantaban, se sentaban, se mojaban con un spray. Afuera la nieve seguía cayendo pacientemente. Cinco paradas antes del aeropuerto el hombre se bajo. Dos paradas antes la pandilla de adolescentes se levanto, tambaleantes, camino de la salida. Pasaron lo suficientemente cerca como para apreciar el exceso de maquillaje estropeando la piel fresca. Fuéronse y no hubo nada.

Bueno, sí. Tranquilidad.